El neoliberalismo en su encrucijada

12 de Agosto de 2017

La hegemonía del neoliberalismo, entendida como la creciente facultad de los mercados de asignar recursos en la economía planetaria, con exclusivos criterios de rentabilidad del capital, reconoce tres fases de desarrollo.

La primera de despliegue e instalación, que transcurre entre 1973 y 1989, signada por la resolución de la crisis de la tasa de ganancia global provocada por el encarecimiento de las materias primas y la mano de obra, después de décadas de descolonización y pleno empleo. Éxito que culminó con el rotundo triunfo del bloque occidental en la guerra fría y la retirada generalizada de la planificación económica y las políticas de intervención estatal en los mercados. Victoria que se apoyó en la ciencia y la tecnología como medio de producción dominante y inexpropiable por la lucha de clases, el complejo electrónico como nuevo paradigma productivo, la segmentación permanente de la demanda y el consecuente final de la producción en serie y el consumo igualitario.

La segunda fase, de fuerte legitimación del capitalismo ganador de la guerra fría, se desenvuelve entre la caída del muro en 1989 y la crisis financiera de bonos incobrables en el 2008. En estas dos décadas el PIB global crece a una tasa promedio del 5,3 % anual, con dos movimientos simultáneos, la fuerte recomposición de la tasa de ganancia del capital y la fractura completa de las sociedades vertebradas en el siglo XX. El capital alcanza niveles de acumulación similares los que regían antes de la primera guerra mundial, en tanto los pueblos se dividen entre quienes pueden abordar los vertiginosos cambios productivos y tecnológicos y aquéllos que inevitablemente sufren la marginación al destruirse las estructuras que los incluían. Los agentes económicos enfocaron sus decisiones reduciendo activos físicos en favor de los financieros, la capacitación desplazó a la experiencia como atributo laboral y las organizaciones empresariales dejaron de ser pirámides para convertirse en redes de nodos que se creaban o suprimían según los cambios del mercado. Los jóvenes altamente educados se convirtieron en heraldos de un modelo, que no obstante permitió a vastas capas de la población alcanzar fronteras de consumo impensadas para generaciones anteriores, en un marco de desigualdad creciente. Es el auge del pensamiento único y el fin de la historia.

La fase presente del neoliberalismo, definida como la tercera desde 1973, comienza con la quiebra generalizada de bancos y fondos de inversión tenedores de activos financieros, sin posibilidad de ser repagados por la actividad de la economía real. El 2008 marcó el final del proceso legitimador del mundo global, el libre mercado y las democracias formales. Las dos décadas de expansión posteriores a la caída del muro se sustentaron en el consumo proveniente del endeudamiento masivo del sector público, el sector privado y las familias. El desvínculo entre los capitales financieros y la capacidad real de repago de los mismos provocó un desequilibrio singular entre activos financieros y activos reales, que concluyó con la explosión de la burbuja de precios inflados artificialmente de estos últimos. Cuando las economías desarrolladas advirtieron que la combinación de una política monetaria expansiva con la desregulación bancaria ocasionaba un apetito voraz de los intermediarios financieros por cobrar comisiones, colocando frenéticamente bonos, acciones y préstamos de toda índole a Estados, empresas y personas sin medir las posibilidades concretas de repago, fue tarde. El sistema construido por los denominados bancos de inversión quebró.

Ahora bien, esta crisis, la más relevante dentro del capitalismo desde las ocurridas en 1930 y 1973, adquirió características singulares en sus modos de resolución. En principio, la política monetaria siguió predominando sobre la política fiscal. Las acciones de los bancos centrales de los países desarrollados, en particular la Reserva Federal, se orientaron a comprar, a través de la emisión monetaria, los activos financieros defaulteados y preservar a los bancos tenedores y a los fondos de inversión de una debacle generalizada. Es decir, se optó por un sendero de gradual licuación de deudas, manteniendo abundante liquidez, tasa de interés muy baja y negativa respecto de la inflación, sobre todo en los Estados Unidos. Las políticas del Banco Central europeo tendieron a ser más duras con el fin de preservar el valor del euro respecto de otras monedas.

El rescate de los bonos incobrables no fue acompañado de políticas fiscales relevantes para la recuperación de la demanda efectiva. Los gobiernos no pretendieron resolver el desequilibrio entre activos financieros y activos reales por la vía de la destrucción de los primeros, sino que los preservaron y mantuvieron el desenvolvimiento de las economías librado a la auto capacidad de expandirse, para salir de la crisis, sin ningún estímulo.

Este cuadro de situación generó una fuerte caída de la tasa de crecimiento del PIB global, del 5,3% promedio anual en las décadas previas al 2,1% en el lapso 2010-2016, con fuertes desvíos en torno a ese promedio.

En qué situación se encuentra el capitalismo, en su tercera fase neoliberal, en la actualidad es un interrogante formulado por intelectuales, decisores políticos y agentes económicos. Es evidente que existe una firme decisión del poder económico asociado a las finanzas de impedir cualquier rumbo de política económica que entorpezca la capacidad del capital de reproducirse a si mismo en el marco de la valorización financiera, utilizando para ello a los bancos centrales, autónomos de cualquier poder político soberano, como gendarmes de ese esquema de ampliación de capital.

Definido este esquema, la economía real pareciera independizar la producción en forma acelerada del trabajo humano, y también, en cierta medida, de otros insumos. La fuerte concentración de riqueza ocurrida desde 1989 y preservada como capital líquido después de la crisis del 2008 ha avanzado singularmente en el objetivo de liberar completamente el funcionamiento de la acumulación de capital de sus tradicionales restricciones de mano de obra y materia prima. Consecuentemente, el diseño político de este esquema desplaza el control social sobre circuitos de producción y consumo hacia simple mantenimiento de las condiciones de valorización financiera del capital. Es indudable que este diseño cuestiona la democracia representativa, algo que se advierte con mayor nitidez en la Europa del euro, y también en Suramérica al refluir los procesos populares de los últimos quince años.

Los avances en la robotización de la producción industrial, que plantea la pérdida de un 10% del empleo productivo en los próximos cinco años, asociado a la relocalización de plantas desde países emergentes a los países desarrollados, las ganancias de competitividad a través del autoabastecimiento energético que ha logrado la economía estadounidense y los límites de crecimiento económico que encuentra el capitalismo de Estado chino desembocan en enormes tensiones que tienden a recibir respuestas nacionalistas y proteccionistas que no se habían desarrollado con tal intensidad en los últimos treinta años. Esta fase de desarrollo capitalista pareciera ir, como nunca, contra el ser humano. Sin embargo, las alternativas son la recuperación de los Estado Nación, la construcción de respuestas confesionales de las distintas religiones monoteístas, pero no surge con potencia un cuerpo de pensamiento de izquierda que pueda plantear rumbos distintos a los presentes. El agotamiento socialdemócrata, centrado en aumentar condiciones de ciudadanía a través de fuertes inversiones en salud, educación y vivienda, más conocido como la tercera vía, no sólo evidenció su fracaso a la hora de incluir y armonizar una sociedad, sino que no produjo ningún pensamiento efectivo para superar la crisis de 2008.